Me cansé de pelear contra los celulares...
"Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en comunicación. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla."
Así hizo pública su renuncia el periodista Leonardo Haberkorn en diciembre de 2015. El texto, Con mi música y la Fallaci a otra parte, fue retomado de su blog El Informante hace unos días (septiembre de 2016) por algunos medios, titulado y viralizado como: "La carta del profesor uruguayo que conmueve al mundo de la educación".

Dado que Haberkorn fue profesor y coordinador académico de periodismo en la Universidad ORT Uruguay, es probable que para alguno sea relevante que yo sea Director de Tecnologías de Información de la Universidad ORT México, por lo que considero necesario aclarar que estas palabras son a título personal. También es probable que mi postura tenga poco valor a los ojos de quienes saben que soy una persona hiperconectada, cuyo smartphone es casi una extensión de su cuerpo, luego entonces podría parecer poco objetivo, pero me atrevo a opinar.
"Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos (...) todavía tenía algún efecto. Ya no." Escribió Haberkorn, pues considera necesario que los estudiantes se desconecten del mundo, para conectarse a su clase que -dato importante- era de Introducción al Periodismo. Suponiendo que fuese una condición necesaria, ¿será también suficiente? Es posible que en esos primeros años haya conseguido mantenerlos apartados de sus celulares pero, ¿realmente captaba su atención? El tema de la apatía lo entiendo y hasta puedo compartir la misma frustración pero, culpar al celular me parece que es eludir la responsabilidad y el verdadero problema.
Cuando no existían los celulares, confieso haber dibujado en mi cuaderno mientras estaba en clase, aunque no necesariamente estaba ignorando al profesor, ya no estaba totalmente concentrado en lo que decía. No nos pasábamos el celular para ver el "video de un cachorro de león jugando", pero sí circulaba algún mensaje en papel que no tenía nada que ver con la clase. Más tarde, ya con celular y cámara, comenzaban las fotos de los que alguna vez fuimos vencidos por el sueño, para nuestra fortuna, aún no existían las "redes sociales". Lo que intento decir es que el celular no es el problema, el celular ha llegado a evidenciar el problema y, más aún, a enfrentar y a retar al profesor. El celular evidenció el problema con esas primeras fotos, y lo evidencia hoy con las incesantes selfies.
Sin motivación, no puede haber aprendizaje. Con mi corto andar en el mundo de la educación, puedo escribir sobre teorías y modelos, hacer referencia a algunos autores, incluso plantear algunas estrategias para convertir al celular en un aliado y no en un enemigo -las posibilidades en periodismo deben ser infinitas, por cierto-. Pero mi propósito en este texto es simplemente señalar el verdadero problema, la falta de motivación, que se acentúa y profundiza dentro del obsoleto modelo del profesor al frente, como poseedor del conocimiento, y al estudiante como receptor de éste. "Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan", escribió Haberkorn, y nótese el "a mí". A mí me motiva más leer a Eduardo Galeano que a Vargas Llosa, por ejemplo.
No conmueve, preocupa que aunque no estoy diciendo nada nuevo, todavía hay quienes no lo han entendido. Algunos deciden renunciar ante su incapacidad, cansancio o como lo quieran llamar. Otros se aferran al modelo tradicional optando por la inútil y hasta peligrosa prohibición, recurriendo a la motivación estrictamente extrínseca, basada en el premio y el castigo, ignorando que la motivación intrínseca depende también del diseño de la clase, de conocer los intereses del estudiante y vincularlos a los objetivos de aprendizaje.
En México, según el estudio de hábitos de la AMIPCI 2016, la penetración del internet alcanza ya el 60% de la población y el principal dispositivo para conectarse a la red es el smartphone (77%). Tres de cada cuatro personas han dicho que esto ha representado un cambio en sus hábitos. Lo utilizan para escuchar música, ver películas, gestionar sus finanzas y, muy importante, para su formación. Esto, lejos de ser una amenaza, debe ser una oportunidad. La oportunidad. Aceptamos el reto y aprovechamos la oportunidad, o renunciamos para no estorbar.








